Yo, Claudio. Capítulo 1. Un toque de asesinato

Yo, Claudio. Capítulo 1. Un toque de asesinato

“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto y lo otro y lo de más allá” Así empezaba la novela de Robert Graves y así empezaba el primer capítulo de la serie de televisión de la BBC. Tales palabras salían de la boca de Claudio (Derek Jacobi), viejo, cojo y paranoico emperador romano (lo que en el año 54 de nuestra era venía a ser más o menos como ser el amo del mundo) y nos las dirigía a nosotros, los lectores/espectadores del siglo XX/XXI. El viejo emperador quería contarnos la historia de su vida y la de su familia para que pudieramos conocer de primera mano como eran de verdad esas personas que durante siglos decidieron a su antojo el destino de todo el mundo occidental. Y como toda historia necesita un principio, Claudio decide que ese principio debe ser su abuela Livia (Siân Phillips).

Livia está recostada en el gran salón del palacio junto a Augusto (Brian Blessed), primer emperador de Roma, su segundo marido. Enfrente se encuentran en idéntica postura Marcelo (Christopher Guard) y su esposa Julia (Frances White). Él es sobrino de Augusto y su favorito para sucederle. Ella es su única hija. Junto a Augusto también están Octavia (Margaret Tyzak), su hermana y madre de Marcelo, y Marco Agripa (John Paul), viejo compañero de armas y capitán de las tropas que acabaron con Marco Antonio y, de paso, con la República. Todos disfrutan de los mejores manjares recolectados de las cuatro esquinas del Imperio y de un espectáculo de danza exótica africana (los torsos desnudos de unas africanas anónimas se convirtieron en las primeras tetas que los espectadores españoles pudieron ver en su televisor cuando la serie se estrenó en 1978 en nuestro país).

01 Claudio

Sin embargo la idílica velada se ve interrumpida por una discusión entre Marcelo y Agripa. El joven protegido se rie de las hazañas bélicas del viejo guerrero, comenta que ganar con el ejercito más poderoso del mundo al pequeño ejercito de un pais atrasado al mando de un general encoñado tampoco es gran merito. Agripa indignado pide la ayuda de Augusto en la discusión pero este no está por la labor. Agripa abandona la fiesta y días después, ante Augusto y Livia, anuncia que deja Roma y vuelve a Siria. En la mirada de Livia notamos que un plan está empezando a tomar forma en su mente y en la escena posterior descubrimos cual es el objetivo de ese plan todavía en pañales: que su hijo Tiberio (George Baker), general de las tropas en Germania, se convierta en el próximo Emperador de Roma. Tiberio, que había acudido a despedirse de su madre, no hace mucho caso de las palabras de Livia y se vuelve para el campo de batalla sin la menor idea de lo que se está cociendo.

Con Agripa fuera, Augusto decide darle a Marcelo más responsabilidad y lo nombra procurador de Roma (lo que viene a ser el equivalente a nuestros alcaldes). La escena de su nombramiento es un claro ejemplo de la falta de presupuesto de la serie: un fondo de cartón piedra, un plano medio de Marcelo abriendo los brazos, unos cuantos extras y ruido de vitores de fuera de plano. Sin embargo lo verdaderamente importante si que se muestra en tan precaria escena y es gracias a los explendidos actores: la mirada conspiratoria de Livia, el cariño hacia su protegido en la expresión de Augusto (el trabajo de Blessed es especialmente brillante en este capítulo dándole multitud de matices a la compleja personalidad del primer emperador de roma) y la actitud confiada en si mismo de un Marcelo endiosado de si mismo.

Meses despues, ya en verano, Augusto sale de gira para visitar algunas provincias. Además se da la circunstancia de que Octavia y Julia están fuera de vacaciones y que Marcelo está enfermo debido a una indigestión. Livia pone en marcha su plan: ella misma, le dice al médico de la familia, se ocupará de cuidarlo y de que sane perfectamente. Por supuesto esto no ocurre y a los pocos días Marcelo muere. El médico no sabe a ciencia cierta cual puede ser la causa de la muerte. Livia, con una mueca casi obscena en su rostro (es en este mismo momento cuando el trabajo de Siân Phillips empieza a dar sus frutos y provocar desasosiego en el espectador) y cuando el médico ha salido ya de la estancia, nos despeja cualquier duda: “Yo si” (1).

01 Livia

La viuda vuelve de su retiro vacacional y llora desconsoladamente. Livia manda a Tiberio (que había vuelto de Germania también al enterarse de la noticia) a consolar a Julia, su vieja amiga de la infancia y hermanastra, sin importarle que su hijo esté casado y tenga dos hijos: para llegar a ser emperador el medio más rápido es estar casado con la hija de uno. Sin embargo Livia se encuentra con un inconveniente para su plan: el pueblo. La gente, sin una mano firme que les gobierne, se rebela. El caos se apodera de la ciudad y llega hasta las puertas de palacio (en una escena tan corta de efectivos como la del nombramiento pero igual de reveladora, con una Livia a punto de perder los nervios pero sopesando la situación y decidiendo no actuar). Entonces a Augusto no le queda más remedio que hacer de tripas corazón e ir a Siria en busca de Agripa y pedirle que vuelva.

Agripa acepta volver a Roma y poner orden pero con una condición, casarse con Julia (es decir, ponerse en el primer lugar de sucesión a pesar de ser de la misma edad que Agusto). Augusto no puede negarse y acepta el matrimonio. Cuando Livia se entera no dice nada pero sus ojos nos muestran rabia y, a la misma vez, determinación. Esto sólo acaba de empezar y nuestro amigo Claudio, porque después de estos cuarenta minutos de confidencias ya se ha convertido en nuestro amigo, nos las seguirá contando.

Os espero dentro de dos semanas con el segundo capítulo: Asuntos de Familia.

(1) Nota del autor: ni esta ni ninguna de las posteriores tropelias cometidas por Livia en los siguientes capítulos se llegó a probar nunca. Surgieron de la mente de Robert Graves: mitad por sus investigaciones, mitad por lo que a él le hubiera gustado que ocurriese. Por lo tanto no está de más recalcar que Yo, Claudio es una historia de ficción inspirada en hechos reales pero nunca un documento histórico.

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Sobre el autor

Me hago llamar kalimero y soy un ser de televisión.